Contra La Pasividad [ES-EN]

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Luciana Achugar, The Pleasure Project, 2014. Courtesy Le Mouvement, Biel/Bienne

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Un gentío sigue a una mujer exuberante que usa un enorme sombrero, gafas oscuras y un vestido floreado, mientras camina por una rambla en Barcelona. La veo en un video en blanco y negro de 1973. Los niños, los hombres y las mujeres están desconcertados por las provocaciones de Ocaña, mientras descaradamente se levanta la falda para mostrar los genitales. Es la última semana de agosto y estoy en Biena, un pueblo tranquilo de Suiza donde se habla alemán y francés, ubicado a las orillas de un lago. Estoy aquí por Le Mouvement 2014, un festival que se celebra cada lustro, con obras públicas realmente propositivas. Los curadores de este año, Gianni Jetzer y Chris Sharp, han dedicado los seis días a performances que se extienden por el tiempo y el espacio del pueblo. El cuerpo es el material.

En Nidaugasse, la principal calle peatonal, puede verse la mayoría de los trabajos. Uno de los primeros se materializa ante mis ojos: Drift (1974), de Trisha Brown, donde se ve a cinco personas vestidas de negro. Marchan al unísono, con sus palmas frotándose unas con otras, su mirada colocada en un objetivo abstracto y sin embargo común. El cuerpo colectivo también es contemplado en la obra seminal de Simone Forti, Huddle (1961), donde los participantes se abrazan con el rostro mirando hacia abajo. Cada uno se separa del grupo para trepar encima de la montaña humana, apoyándose en los demás para ascender, descender y reintegrarse en la masa orgánica.

La fricción en torno a la noción de lo que constituye el espacio público y lo que es privado se pone a prueba en otros performances. Por ejemplo, en la pieza de Pablo Bronstein se utiliza un balcón del siglo xix en el centro de la plaza como telón de fondo para la coreografía de los brazos y las manos de la bailarina Rebecca Bruno. La distancia entre el espectador y el performador permite un enfoque claro sobre el refinado ritmo y el detalle de sus gestos, que también se reflejan en la ventana detrás de Bruno.

En un parque pequeño, The Complete Works (2009), pieza de Nina Beier, es interpretada por Ellen Van Schuylenburch, una bailarina ya retirada. Así, su vida y su carrera son representadas a través de un performance de movimientos internalizados y coreografías parciales que intenta recordar en orden cronológico. La obra de cuarenta minutos crea un vínculo empático con el espectador, que sigue la generosa aunque dramática rutina de la bailarina.

En el atrio de una apurada estación de tren, la nueva obra de Alicia Frankovich, Sysyphus Now, crea una interrupción intrigante en el flujo de los pasajeros. Los intérpretes realizan gestos ordinarios, como besarse repetidamente las mejillas, dormir de pie o caminar y colgarse bolsos sobre los hombros; su interacción grupal se rompe por la risa y entonces se separan en parejas que luchan en el piso. También ocurren momentos de introspección, juegos de coordinación de dedos o brazos-semáforos que evocan un aeropuerto.

La plaza frente a la estación es el punto de partida del trabajo de Willi Dorner. Atletas vestidos con ropa deportiva de colores brillantes comienzan a correr hacia distintos lugares del pueblo, donde se les puede encontrar en configuraciones semiacrobáticas, alterando la función original de los rasgos urbanos y arquitectónicos que habitan temporalmente. Los corredores se cuelgan de entradas, de intersticios en edificios o bajo rampas. También orquestan formaciones sobre las escaleras de la estación de la policía, desde donde emprenden una nueva etapa de ejercicios.

En cambio, el trabajo de Ieva Miseviciut􀄓 reta la subjetividad. Vestida con un traje, primero parece encontrarse en un estado hipnótico: su inmovilidad y su lentitud se transforman lentamente en desplazamientos imperceptibles y una respiración pesada, hasta que los movimientos se vuelven abiertamente sexuales, dirigidos hacia los peatones, quienes en este momento ya comienzan a capturarla con sus teléfonos inteligentes. El registro cambia continuamente y la obra termina con unos extraños brincos a la distancia.

The Pleasure Project, de Luciana Achugar, coreografía el cuerpo no-social. Ella y sus colaboradores imaginan formas de encontrar cierta libertad de expresión corporal en la calle. Individual y colectivamente, aspiran a llegar a distintos niveles de percepción, algo que realizan sin preocuparse por las convención social. Los espectadores obviamente expresan cosas como «Deben estar en drogas», «Están filmando una porno» (algunos van desnudos) o «Están audicionando para ser parte de una película de horror». Al tiempo que se enfrentan al espectador, que no puede categorizar lo que ve, los perros y los niños parecen entender las acciones intuitivamente.

Finalmente me aparezco en el momento preciso para experimentar la pieza de Myriam Lefkowitz, Walk, Hand, Eyes. Mi guía me dice que no se puede hablar y que necesito mantener los ojos cerrados durante cuarenta y cinco minutos, mientras me llevan en una caminata por el pueblo. Mi desconfianza se disipa más rápido de lo que esperaba, y gradualmente percibo con mayor atención olores y sonidos. Durante el recorrido, me piden que abra los ojos ocasionalmente, para capturar imágenes de lugares y personas. Entre otras cosas, veo a un barman, una pared de piedra, un vaso sobre un tigre de peluche, una niña a quien le cortan el pelo («¿Qué es esto?», pregunta; «Arte», le contestan).

Le Mouvement reta al espectador pasivo, así como a los parámetros normativos de nuestra vidas, usualmente dirigidas al consumo. Algunos paseantes preguntan sobre lo que ven, otros sencillamente se molestan. Algunos incluso se muestran agresivos (verbal y físicamente) con los intérpretes, o toman fotografías para compartirlas en sus redes sociales. Cuál sería tu respuesta?

Caterina Riva, 2015



 


A sea of people follows an exuberant lady with a wide hat, sunglasses and a flowery dress as she walks down la Rambla in Barcelona, I am watching a black&white video from 1973. Kids, men and women are bemused by the provocations of Ocaña as she cheekily pulls up her skirt to reveal male genitals.

It’s the last week of August and I am in Bienne/Biel, a calm lakeside Swiss town with a blue collar past, where both French and German are spoken. I am here for Le Mouvement 2014, an exhibition occurring every five years and originally proposing sculptures in the public realm; this year’s curators, Gianni Jetzer and Chris Sharp, have devoted this six days festival to time-based works and performances dispersed in time and space throughout town. The body is the material.

Nidaugasse is the main pedestrian shopping street and is where the majority of works can be seen. One of the first that materialises in front of my eyes is Trisha Brown’s Drift (1974): five people dressed in black marching aligned, the back of their hands rubbing against one another, their gaze fixed towards a common yet abstract goal.The collective body is also contemplated in Simone Forti’ seminal work Huddle (1961), where the participants hug with their faces down like in a gentler version of a rugby’s tackle; one by one they detach themselves to climb the human mountain, relying on the others to ascend, descend and be reintegrated into the organic mass.

The friction of the notion of what constitutes public and what is private is tested in other performances: for instance, Pablo Bronstein’s piece employs the framing of a late 19th century balcony in the central square as the backdrop to the choreographed movements of arms and hands of dancer Rebecca Bruno. The physical distance of the viewer from the body of the performer allows a clearer focus on the refined pace and attentive detail of the gestures, also mirrored in the window behind Bruno.

In a tiny park, Nina Beier’s pieceThe Complete Works (2009) is embodied by Ellen Van Schuylenburch, her life and history as a dancer, now retired, is told through the performance of internalised movements and partial choreographies she is trying to remember in chronological order. An empathic bond is created with the audience that follows the ballerina’s generous yet dramatic routine and warmly claps at the end of her 40 minutes’ interpretation.

In the foyer of the very busy train station Alicia Frankovich’s new commission Sisyphus Now creates an intriguing interruption to the flux of commuters, scouts, school kids and tourists. The performers weave together ordinary gestures like repeatedly kissing each other on the cheeks, sleeping while standing and walking and wearing on their shoulders a tote bag; their group interaction is broken by laughter and then split into pairs wrestling on the floor. Reflexive solo moments include mind games carried out through fingers coordination and semaphore arms reminiscent of an airport setting.

The square in front of the station is the departure of Willi Dorner’s work. A number of athletes wearing track pants and hoodies in various bright colours start sprinting to different locations around town, where they can be spotted in semi-acrobatic configurations which overturn the intended function of the urban and architectural features they temporarily inhabit. The runners perch themselves in entrance ways, buildings’ interstices and under ramps; they also orchestrate a formation on the steps of the town’s police station, then they set off to the next exercise in aggregation.

Subjectivity is challenged by the work of Ieva Misevičiūtė, who wears a suit and seems at first to be entering into an hypnotic state, her slowness and stillness transition to slight movements and heavy breathing and build up when the artist gestures and plays with unexpected behaviour and openly sexual hints aimed at passerbys- at this stage documenting her with their smart phones. The register shifts continuously and the piece ends with her bizarre hopping in the distance.

Luciana Achugar’s The Pleasure Project choreographs the de-socialised body. Her and her collaborators imagine ways of finding a certain freedom of bodily expression on the street; individually and collectively, they strive to reach a different perceptual level, that doesn’t worry about social conventions and makes bystanders say things like : “They must be on drugs”, “are shooting a porn” (nudity is contemplated), “they are trialling for a horror movie”. While confronting to the spectator, who can’t easily categorise what he/she is looking at, dogs and children seem to connect with the action intuitively.

I show up at the suggested time and place to experience Myriam Lefkowitz’s piece Walk, Hands, Eyes. My guide tells me there is no talking and I need to keep my eyes closed for approximately 45 minutes while I will be led on a walk around town. My mistrust dissipates faster than I could have imagined, I gradually become more perceptive of smells, noises, I am taken up stairs and we run in an underpass, my body can be controlled by a light touch of my guide and I am told when to open my eyes to capture snapshots of people and places: among others, I see a barman beaming at me, a wall of rocks, a glass on the head of a stuffed tiger. I am also showed a little girl getting her hair cut, she asks “What is this?”, the hairdresser calmly replies “Art”.

Passive spectatorship is shaken by Le Mouvement and the normative parameters of our lives temporarily questioned on the way to the shopping. Some passerbys enquire what they are looking at, other are simply annoyed, some are verbally or physically aggressive to the performers, others take photos to share on social media. What would your response be?

Caterina Riva, 2014

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